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Cuando el problema no es la comunicación…

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Claudia Correa

Consultor Sr.

Lo que hay detrás de una mala comunicación.

¿Tenemos un problema de comunicación?

En muchas organizaciones, cuando empiezan a aparecer fricciones internas —malos entendidos, tensiones entre áreas, conversaciones que escalan más de lo necesario—, la conclusión suele ser inmediata:

 

“Tenemos un problema de comunicación”.

 

Y aunque suena lógico, en la mayoría de los casos esta conclusión se queda corta. Porque lo que se percibe como un problema de comunicación, rara vez nace ahí. La comunicación, en realidad, suele ser el síntoma visible de algo más profundo.

 

Cuando uno observa con mayor detalle, empiezan a aparecer otros elementos que no siempre se nombran con la misma facilidad:

 

  • equipos que no dan seguimiento a los acuerdos,

  • liderazgos que no se sostienen de forma consistente,

  • formas de interacción marcadas por la prepotencia o la resistencia,

  • áreas que operan como islas, defendiendo su espacio más que construyendo en conjunto.

 

En ese contexto, la comunicación no falla por falta de herramientas o técnicas. Falla porque no existe una base común que la sostenga.

Uno de los errores más frecuentes es intentar resolver esta situación únicamente desde la superficie: incorporando talleres de comunicación, estableciendo lineamientos o promoviendo nuevas formas de interacción. Todas estas soluciones funcionan, sin embargo, cuando estos esfuerzos no están acompañados por cambios en la forma en que el equipo se alinea y ejecuta, los avances suelen ser temporales. Durante algunos días o semanas, las conversaciones mejoran, el ambiente se percibe distinto… pero poco a poco, la dinámica anterior regresa. No porque las personas no hayan entendido qué hacer, sino porque el sistema en el que operan sigue siendo el mismo.

 

Las organizaciones que logran cambios sostenibles suelen abordar este tipo de situaciones desde una lógica distinta, trabajando en dos niveles que se complementan entre sí. El primero tiene que ver con generar alineación desde la experiencia. No se trata solo de hablar sobre lo que debería pasar, sino de crear espacios donde las personas puedan verse, escucharse y reconocer las dinámicas que hoy están operando en el equipo.

Es en ese tipo de experiencias donde muchas cosas que normalmente no se dicen, finalmente aparecen. Y donde el equipo empieza a construir una base distinta de relación.

 

Pero ese momento, por sí solo, no es suficiente.

El segundo nivel —y muchas veces el más retador— es el de la ejecución.

Ahí es donde esa alineación se traduce en acuerdos concretos, en formas claras de trabajar, en seguimiento y en responsabilidad compartida. Es donde el equipo deja de operar solo desde la intención y empieza a sostener nuevas formas de interacción en el día a día.

 

Cuando uno de estos dos elementos falta, el sistema se rompe. Si hay ejecución sin alineación, el seguimiento se vuelve mecánico, forzado y, muchas veces, poco sostenible.

Si hay alineación sin ejecución, el impacto emocional o relacional se diluye rápidamente frente a la presión operativa. Y en ambos casos, el resultado termina siendo el mismo:
los problemas regresan, generalmente con mayor desgaste para el equipo.

 

Por eso, más que preguntarse cómo mejorar la comunicación,
vale la pena detenerse a observar qué es lo que hoy no está sosteniendo la forma en que el equipo trabaja. Porque los equipos no fallan por falta de herramientas.
Fallan cuando no existe una base común que dé coherencia a sus acciones.

 

Cuando la alineación y la ejecución se integran de manera consciente, la comunicación deja de ser un problema que hay que corregir… y se convierte en una consecuencia natural de un equipo que realmente está trabajando en la misma dirección.

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